El contagio chino

Es posible que, como coinciden en señalar la mayoría de los analistas internacionales, nos encontremos ante un cambio de paradigma en el modelo económico que ha convertido a China en la segunda potencia del mundo y que, en consecuencia, la desaceleración del gigante asiático se traduzca en una contracción del mercado que ya anuncia una nueva recesión cuyo contagio afectará, en mayor o menor medida, a las economías emergentes y, sobre todo, a los países que iniciaron una tímida recuperación tras la crisis financiera global, como es el caso de España y de todo el área latinoamericana, donde las inversiones chinas han contribuido a animar el crecimiento. La zozobra de la Bolsa en Shanghái y las continuas devaluaciones del yuan generan incertidumbre y temor. El riesgo se dispara ante la posibilidad del efecto dominó. El contagio chino ha pasado de ser una amenaza cierta a una realidad inquietante.

La crisis estalló a principios del verano. Desde entonces, sus repuntes han sido dramáticos para la economía mundial. Pese a que las autoridades chinas tomaron numerosas medidas para frenar la devaluación de su moneda, con cinco recortes de las tasas de interés desde noviembre, las bolsas perdieron un 40 por ciento desde el 12 de junio -cuando habían alcanzado sus máximos niveles-, debido a los recelos sobre el vigor de la segunda economía mundial. También urgieron a empresas que cotizan en bolsa a acelerar los procesos de fusiones y a reestructurarse, para sanear sus cuentas. Ya nadie duda de que se ha generado una enorme burbuja bursátil.

Y el caso es que la ralentización de la economía en China no puede coger por sorpresa a nadie, era un batazaco esperado, pero su impacto es, sin duda, mucho mayor del previsto, como se ha apresurado a certificar el Fondo Monetario Internacional (FMI). En un informe oficial, el organismo financiero ha matizado que la transición de China hacia un ritmo más moderado de crecimiento, si bien en general se corresponde con lo previsto, parece tener repercusiones internacionales más importantes de lo previamente estimado, lo cual se refleja en una baja de los precios de las materias primas y de los mercados bursátiles. En el primer semestre de 2015, el crecimiento mundial ha sido también más lento en comparación con el mismo periodo del año anterior. Este frenazo refleja una ralentización en los países emergentes, que son los que protagonizaron el tirón cuando los países desarrollados acusaron la crisis, y un impulso más débil en las economías avanzadas.

Los mercados están nerviosos. La potencia económica que mejor había resistido los embates de la crisis se tambalea mientras que busca culpables en el ámbito financiero, poniendo en la picota a empresas y analistas de riesgo. La Reserva Federal de Estados Unidos (FED), en previsión del tsunami, ya ha adoptado medidas para proteger sus intereses y la estabilidad del dólar. Medita una posible subida de tipos de interés que, de concretarse, afectaría al resto de los mercados, sobre todo a los que mantienen intercambio comercial con Estados Unidos. La inflación es caprichosa y tiende siempre a elevarse si se disipan las fuerzas que la mantienen baja.

En la Unión Europea, la autoridad monetaria hace ya tiempo que viene rebajando las perspectivas de crecimiento. Al presidente del Banco Central Europeo (BCE), Mario Draghi, no le va a temblar el pulso frente las inevitables consecuencias de la inestabilidad, pese a que no puede evitar el vértigo ante las dudas de los emergentes. Piensa que aún es pronto para extraer conclusiones y se conduce con cautela. No habrá límites si son necesarios futuros rescates: se proceder´a la compra de activos públicos y privados durante todo el tiempo que haga falta. Los estímulos y la compra masiva de deuda van a seguir. Eso sí, como el FMI, pide a los países ricos que espabilen. Los síntomas del aterrizaje forzoso no son privativos de China. La paralización afecta de forma global y en economías que hasta ahora habían exhibido músculo, presumiendo de crecimiento, empleo y exportaciones, ahora impera el pesimismo disfrazado de prudencia. Brasil, Indonesia, la India o Rusia levantan el pie del acelerador.

En España, el colapso en los parqués chinos amenaza el autoproclamado milagro de la recuperación, que ha convertido el país en la Alemania del Sur, según explicó el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, a la canciller alemana, Angela Merkel. Según su opinión, las turbulencias no impactarán por el momento en la economía española y menos aún en las empresas nacionales que se han instalado en China. A favor de España, la cacareda reforma y los bajos tipos de interés además del control de la inflación en la zona euro. Un factor determinante es el escaso peso en la balanza comercial española de las exportaciones a China.

En el medio plazo no se va a producir ningún cambio sustancial. La senda a seguir la marca la autoridad monetaria europea. Asimismo, las previsiones económicas para el próximo año se mantienen. El crecimiento va a ser del 3,3 por ciento y se van a crear 600.000 puestos de trabajo. “Quiero dar un mensaje de tranquilidad, lo ideal sería que no se produjera lo que está sucediendo en China, pero yo espero que las cosas se tranquilicen pronto e insisto en que en el corto, medio y largo no van a influir en las previsiones de la economía española”, ha insistido el presidente, a quien le gusta decir que la desaceleración de los emergentes se compensará con el crecimiento de los países desarrollados, en clara alusión a su gestión económica.

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