La verdadera transición energética

La verdadera transición energética

Por Luis Crespo
01/2/2018

Luis Crespo es presidente de la Asociación Española de la Industria Solar Termoeléctrica (Protermosolar) desde el pasado mes de junio. Previamente desempeñaba el cargo de secretario general de la asociación. Doctor Ingeniero Aeronáutico y Sociólogo, su actividad profesional incluye empresas como CASA, Interatom/Siemens, Asinel y Aentec. También es director del Instituto de Energías Renovables del Ciemat.

Es innegable que el modelo energético mundial se ha transformado gracias a la irrupción de las energías renovables, que están progresivamente modificando el mix de generación, ya que la nueva capacidad eléctrica que se instala mundialmente es, desde hace varios años, mayoritariamente renovable.

En países como España representará prácticamente el 100 por cien de la que se instale desde ahora hasta 2030. Y es una tendencia irreversible por dos cruciales cuestiones: el acuerdo firmado en la pasada Cumbre de París, en la que la gran mayoría de los países del planeta firmaron un acuerdo para tomar medidas para mitigar los efectos del cambio climático, y por razones puramente económicas: en la actualidad varias tecnologías renovables fluyentes son tan o más competitivas que las convencionales.

Sin embargo, si realmente queremos contribuir a paliar el cambio climático, no podemos dejar todo en manos de las fuerzas del mercado y focalizar el futuro inmediato en el coste de las diferentes tecnologías de generación. Este enfoque, puramente economicista, puede abrir otra vez las puertas a la necesidad de energías convencionales de respaldo.

Es aquí donde la gestionabilidad de las tecnologías renovables para el seguimiento de la curva de la demanda cobra un valor esencial. A diferencia del agua o del gas, la electricidad no se
puede almacenar en grandes cantidades. Debe ser generada en el instante en que se utiliza, lo que requiere que el suministro se mantenga en equilibrio constante con la demanda. A mayor
capacidad instalada en generación intermitente, mayor será la probabilidad de hacer frente a situaciones de desequilibrio. Cuando se necesita más capacidad -ya sea como resultado de un
crecimiento económico, como es el caso de las economías emergentes, o como resultado del desmantelamiento de centrales antiguas en países industrializados- la penetración de la generación intermitente necesitaría ser respaldada por nuevas centrales de combustibles fósiles (inviable si cumplimos COP 21) o por renovables gestionables.

Éste es el motivo por el que el almacenamiento de electricidad excedente que se derivaría de una elevada penetración de las renovables fluyentes está empezando a ser considerado como una
necesidad perentoria a los problemas de exceso de oferta inducidos por la generación renovable no flexible en la mayoría de los sistemas de energía. No obstante, la única solución sostenible para el futuro mix de generación debe prevenir las causas del problema en lugar de tener que curar sus efectos.

Las centrales termosolares con almacenamiento parecen ser, hasta la fecha, la mejor opción. Además de su valor añadido al sistema de potencia en términos de operación y capacidad, añaden
estabilidad inercial a la red y tienen un impacto macroeconómico altamente positivo.

Si se aborda la instalación de nueva potencia simplemente con el criterio de priorizar las tecnologías que tienen un menor coste de generación y que el respaldo lo paguen otros, llegaremos a un sistema eléctrico muy poco eficiente. Por cada nueva central que se incorpore al sistema, lo que debería tenerse en cuenta es el valor que aporta al sistema, en términos de
operación y capacidad, en lugar de considerar exclusivamente qué tecnología ofrece el kWh más barato.

Los estudios de valor dependen de cada país pero, por ejemplo, en California se ha demostrado que es equivalente para el coste total del sistema eléctrico, remunerar con cinco centavos de dólar por kWh a una nueva fotovoltaica que con 10 centavos a una termosolar con almacenamiento. Esos resultados se corresponden con una penetración del 33 por ciento renovable y la
diferencia se haría mucho más grande cuando se alcanzase el 40 por ciento.

Las renovables gestionables, hidráulica, biomasa y termosolar representan la solución en términos de respaldo por su gestionabilidad. Su contribución debe ser mucho mayor para alcanzar ese futuro sistema eléctrico libre de emisiones. Todas las renovables tienen impactos macroeconómicos y de empleo muy positivos, en mayor medida la biomasa y la termosolar, la cual, además, ofrece grandes oportunidades para nuestras empresas en los mercados mundiales, en donde España todavía es líder.

Por ello no debe renunciarse a la planificación de nuevas centrales termosolares en España, cuyos costes se han reducido significativamente en estos últimos años. Ha llegado el momento de reconocer que no es suficiente con establecer objetivos globales sobre la participación de las energías renovables en 2030 o 2050. Vincular la necesaria alta contribución de las tecnologías de generación gestionables a estos objetivos es ya una necesidad. De lo contrario, un sistema libre de generación de CO2 no será factible y cualquier nueva inversión en renovables intermitentes tendrá muy cuestionados sus ingresos.

En cuanto al desarrollo de las renovables, debemos cambiar el actual enfoque miope del coste al enfoque completo del valor para las futuras inversiones en centrales eléctricas. Esto dará lugar
a una proporción más equilibrada entre las energías renovables intermitentes y las flexibles, que es la única vía sostenible para una verdadera transición energética.

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